sábado, 7 de septiembre de 2013

CITAS, FESTIVALES, MERCADILLOS...




Siempre es grato hacerse eco de iniciativas destinadas a recrear, siguiendo el ejemplo de británicos y estadounidenses, el esplendor de esas primeras décadas del siglo XX. Todavía más si tienen lugar por estos pagos. No estaría mal que se fuera creando así cierta tradición de encuentros lúdico-festivos, coleccionismo y arte. Algo de lo que andamos sobradamente necesitados; sobre todo por lo que a arte y alegría de vivir se refiere. ¿Para cuándo, en Madrid, un festival de la Primavera, un Easter Parade como el que se organiza por las calles de Nueva York y que reúne a decenas de miles de personas, muchas de ellas ataviadas como figurines de la llamada Era del Jazz, al son de la trepidante música de bandas swing? 

Por lo pronto, conformémonos con aquellos tímidos esfuerzos desplegados por instituciones y particulares. Estos días (del 5 al 8 de septiembre), está teniendo lugar en Benicàssim la segunda edición de su festival Belle Époque. Una cita que incluye exhibiciones de vehículos de época, recreaciones diversas, mercadillos, actuaciones musicales, desfiles de moda, entre otras muchas actividades. 

Podéis encontrar la información completa aquí: http://www.benicassimbelleepoque.es/

Este año, hemos llegado tarde, pero quizás para el próximo sería buena idea, no sólo anunciarlo con tiempo, sino programar incluso una visita. 

 Easter Parade - New York



"I should like to bury something precious in every place where I've been happy and then, when I'm old and ugly and miserable, I could come back and dig it up and remember."

miércoles, 14 de agosto de 2013

MODA DE LOS AÑOS 30

 Una nueva muestra de mi predilección por la época y sus atuendos. 



"I should like to bury something precious in every place where I've been happy and then, when I'm old and ugly and miserable, I could come back and dig it up and remember."

viernes, 24 de mayo de 2013

UN BOLSILLO PARA UN PAÑUELO




El pañuelo de bolsillo es, sin duda, una de las muestras más sencillas y refrescantes del buen gusto, la distinción y la elegancia en el vestir de un caballero. Usar el espacio que le ha sido reservado, es decir el bolsillo de pechera, para lucir una colección de bolígrafos es lo propio de contables. No llevar nada denota desidia y falta de imaginación. Y es que, con ayuda de un modesto cuadrado de tela (seda por lo general, aunque también resultan válidos el algodón o el lino), se brinda la oportunidad de disipar la formalidad de un traje y de expresar la personalidad de quien lo lleva. En un país el que la imaginación suele brillar por su ausencia (o se asocia equivocadamente a la fantasía), el pañuelo de bolsillo ha desaparecido prácticamente del panorama. Incluso hay quien lo encuentra, en ciertos ambientes, pretencioso.
Pero no todo está perdido: poco a poco, y gracias al empeño de un pequeño número de osados, indiferentes al qué dirán,  los pañuelos de bolsillo reaparecen tímidamente en calles, oficinas y salones. Se podría hablar incluso, en este caso (como en el de Brideshead Revisited), de benéfica influencia por parte de la televisión y especialmente de ciertas series de época. Todo sea por el bien de la causa. Para aquellos que ya la hemos hecho nuestra, el maestro John Frankcomb nos enseña a doblar el pañuelo de bolsillo y a lucirlo como los impecables publicistas de Mad Men. El primer vídeo correspondería al estilo de Don Draper y Pete Campbell. 
 
 

Y éste otro, al que luce el a mi juicio más elegante de todos los personajes de la serie, Roger Sterling. 




Y, por último, un estilo algo más informal, menos severo:


Para aquellos que quieran profundizar en el tema y buscan asesoramiento, recomendamos esta página, de obligada lectura:  
http://www.extraconfidencial.com/articulos.asp?idarticulo=8803


"I should like to bury something precious in every place where I've been happy and then, when I'm old and ugly and miserable, I could come back and dig it up and remember."

lunes, 18 de marzo de 2013

MY TAILOR






[Entrada rescatada de un viejo blog, hace tiempo abandonado]
 
Creo que no hablé de él en su momento Imagino que por no resultar esnob. Después de todo, no nos unía una gran amistad, ni una reverencial relación entre cliente y sastre. Nunca me hizo un traje a medida, por ejemplo. Pero llevaba catorce años acudiendo a su taller, que era también su casa. Catorce años confiándole mis chaquetas para que las arreglara, entallara, adaptara a mi esbelto y cuasi perfecto figurín (la industria no se interesa por los tipos de 172 cm, delgados, proporcionados y de hombros estrechos. y yo me niego a vestir con el uniforme de un jugador de fútbol americano achaparrado, bracicorto y culigordo). No siempre acertaba, claro; y yo, al principio, no me atrevía a discrepar de sus arreglos. Pagaba religiosamente y me llevaba la chaqueta a casa. Al armario, más bien, del que no volvía a salir hasta que, pasados unos meses, me decidía a regresar con la prenda a su taller. Y volvía a pagar, claro, porque respeto el trabajo ajeno y la idiotez propia tiene un precio. Estoy convencido de que él sabía que esa chaqueta ya había pasado por sus manos, pero no decía nada. Era muy astuto, mi buen sastre. Y estaba jubilado. Me costó mucho vencer la vergüenza y mi antigua inclinación al "qué le vamos a hacer", pero la rabia que me producía mi espíritu canelo me pesaba mucho más. Descubrí que indignarse no suele servir de nada y que la terquedad amable resulta, por el contrario, de lo más eficaz. Empecé a llevarle, de vuelta, la chaqueta que me acababa de arreglar, porque no había quedado exactamente cómo yo quería. Sé que, al principio, mi cambio de actitud hirió su vanidad de sastre y puso en evidencia su indolencia de profesional jubilado, pero, con el tiempo, aprendimos a tomarnos las medidas el uno al otro. Después de todo, yo era un buen cliente (siempre me preguntaba: "¿dónde consigue guardar tantos trajes?". Todavía no he dado con una respuesta; aunque, como aquellos que se desplazan por la vida con niños y animales, el espacio para mi ropa determina buena parte de mi elección a la hora de escoger morada) y mis visitas eran la ocasión pintada para hablar del tiempo (como vivíamos cerca, no me costaba demasiado esfuerzo visitar su taller en cualquier época del año); de sus años de mocedad (en cuatro trazos); de lo malas que eran las telas de hoy en día (todo lo contrario que los viejos trajes de lana pura que yo le llevaba para arreglar y que él palpaba con placer y aire de fin connaisseur); del problema de circulación que padecía en las piernas. Le daba pánico entrar en quirófano, pero mucho más el hecho de estar condenado a la silla de ruedas. A finales de 2005 -el día en que fui a recoger una guerrera militar antigua que me había hecho arreglar para alguna que otra fiesta de disfraces, o sesión con amante fetichista-, me anunció su decisión de operarse. Ya casi no podía salir de casa y, para él "eso, no era vida". Prometí telefonearle a su regreso del hospital, y dejé que transcurriera el tiempo sin  hacerlo. Pasé varias veces, entretanto, por delante de su puerta y, cada vez, a punto estuve de llamar. Pero cada vez seguí de largo, como dominado por un mal presagio. Hace varias semanas, con un nuevo traje antiguo y un abrigo de época pendientes de arreglo, marqué, por fin, su número.
-Buenos días, ¿está el señor A.?
-¿Quién lo llama? -preguntó la que me pareció ser su mujer.
-Un cliente (a esas alturas, estoy convencido de que ella ya me reconocía por la voz, pero el ritual se mantenía inalterable). Quería llevarle unas prendas a arreglar.
-El señor A. falleció (eso dijo: "falleció") el 5 de enero.

Me quedé de piedra. Entre sollozos, su viuda me contó que la operación había sido un éxito, pero el paciente no había sobrevivido a uno de esos virus mortales que campan, a sus anchas, por los quirófanos. Con razón tenía miedo de entrar en uno.

Ahora, busco sastre. aunque me da pereza empezar de nuevo. Como en las relaciones de pareja, le llevará un tiempo aprenderse mis manías ("entallado, con hombreras pequeñas, la manga dos dedos por encima del borde de la camisa..."); a mí, acostumbrarme a sus historias, a sus pequeñas vanidades. Hay veces en que todavía me sorprendo echando de menos al señor A. y sus espejos. De hecho, en ningún otro me he visto nunca tan bien como en aquéllos. Me prometió que me regalaría uno cuando dejara el negocio; no pudo ser. Y no se lo reprocho. D.E.P.

Han pasado prácticamente siete años desde esta entrada. Mi pasión por la ropa de época se ha agravado entretanto y más hebras grises destacan sobre el castaño de mi pelo. He conocido otro sastre y varias modistas y tiendas de arreglos. Sé, mejor que entonces, lo que me sienta bien y lo que no me sienta en absoluto. Me he mudado varias veces, he cerrado una relación sentimental. Y todavía, de vez en cuando, me vienen a la memoria el señor A., su taller y la bondad y justicia de sus espejos.
  
"I should like to bury something precious in every place where I've been happy and then, when I'm old and ugly and miserable, I could come back and dig it up and remember."

miércoles, 6 de marzo de 2013

MÚSICA PARA REGRESAR A BRIDESHEAD II

Un acompañamiento musical ideal para el día de hoy, neblinoso y melancólico, propicio a la nostalgia.


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lunes, 4 de marzo de 2013

CUESTIÓN DE ESTILO


Años 30, tecnología punta aplicada a la belleza y al arte de la peluquería. 






"I should like to bury something precious in every place where I've been happy and then, when I'm old and ugly and miserable, I could come back and dig it up and remember."

martes, 12 de febrero de 2013

BIOGRAFÍAS ELEGANTES I


ANNEMARIE SCHWARZENBACH




Vraiment je ne vis que lorsque j'écris

Largo tiempo he dudado antes de acometer esta sección de biografías elegantes. Son muchos los candidatos a formar parte del elenco, y varios los escogidos -de ahí las dudas- para encabezarlo, desde el elegante Cary Grant al exquisito Fred Astaire, pasando por el distinguido David Niven o el ambiguo duque de Windsor; entre las mujeres, la divina Louise Brooks o la diabólica Dietrich. Al final, el azar ha querido, por intermediación de un amigo, que cayera sobre un personaje peculiar, Annemarie Schwarzenbach y toda indecisión ha quedado resuelta. 

Escritora y viajera suiza, nacida en Zürich el 23 de mayo de 1908 y fallecida en Sils im Engadin, el 15 de noviembre de 1942, de resultas de una tonta caída de bicicleta (tanto más tonta cuanto que la víctima había recorrido miles de kilómetros a través de territorios francamente hostiles sin sufrir percance alguno). Acerca de su intensa vida, de escritora y viajera impenitente, marcada por un apresurado diagnóstico de esquizofrenia, su androginia, sus más o menos enmascaradas tendencias homosexuales, su adicción a la morfina y al opio y varios intentos de suicidio, así como por la inquebrantable amistad de auténticos outsiders, como Klaus y Erika Mann (cuyo tío, el célebre novelista Thomas Mann, bautizaría a Anne-Marie con el sobrenombre de "el ángel devastado"), o su compatriota Ella K. Maillart (con la que compartiría viaje por Afganistán), poco o nada se puede añadir que no se halle en aquellas páginas de internet dedicadas a la obra y al personaje. 


Desde la perspectiva de este blog, quizás lo más relevante sea el profundo sentido de la elegancia que despliega Annemarie ante la cámara de su amiga Marianne Breslauer, con la que viajó por España. No fue la única mujer que gustó de vestir prendas de corte y diseño abiertamente masculino (Marlene Dietrich había sido de las primeras en mostrar el camino; o las expatriadas estadounidenses en el París de los años 20, como Djuna Barnes), pero ella cultivó ese estilo, que le sentaba como un guante, a lo largo de casi toda su vida y de sus viajes (ya fuera en la cosmopolita Nueva York, donde sedujo a Carson McCullers, en la inhóspita Rusia de la época o en pleno Congo belga). Motivo por el que sin duda merece un lugar de honor en esta sección y en esta página. 

Lamentablemente, ya nadie (o casi nadie) muestra la menor elegancia a la hora de vestirse para viajar. En plena era del confort viajero (a años luz de los rudimentarios vehículos y otros sistemas de transporte con los que pudo contar la Schwarzenbach), priman la comodidad, el prêt-à-porter industrial y deportivo y la absoluta falta de gusto. Ello, amén de la masificación y la desaparición de los imperios coloniales, cuya eficaz tutela garantizaba la seguridad de los viajeros (me gustaría ver ahora a un par de mujeres internarse solas por un país como Afganistán), han hecho del viaje una experiencia harto desagradable y prescindible. 



A modo de colofón, dejo la descripción que dejó de ella su amiga Marianne Breslauer: 

“She had the same effect on me as she had on everybody: this strange mixture of man and woman. To me, she corresponded to my image of the angel Gabriel in paradise; an angel, an archangel. Not at all like a living being, but like a work of art.”


"Not at all like a living being, but like a work of art". Oscar Wilde hubiera estado, sin duda, orgulloso de ella. 

Y a modo de broche, un documental sobre su breve, pero bien aprovechada vida.




Y este sentido homenaje: 


 
(Se sugiere echar un vistazo a la sección On Screen, en la que he colgado un fragmento de la biopic dedicada a Annemarie Schwarzenbach: Journey to Kafiristan).  

 "I should like to bury something precious in every place where I've been happy and then, when I'm old and ugly and miserable, I could come back and dig it up and remember."