martes, 17 de diciembre de 2013

Brideshead Revisited Quotes I:
"I loved buildings that had grown silently with the centuries, catching the best of each generation while time curbed the artist's pride and the philistine's vulgarity and repaired the clumsiness of the dull workman".







"Me encantaban los edificios que habían crecido en silencio, con el paso de los siglos, tomando lo mejor de cada generación, mientras el tiempo ponía freno al orgullo del artista y a la vulgaridad de los filisteos, y reparaba la torpeza del obrero carente de brillo".


"I should like to bury something precious in every place where I've been happy and then, when I'm old and ugly and miserable, I could come back and dig it up and remember."

jueves, 17 de octubre de 2013

EL GRAN FIASCO





Reconozco que me hacía ilusión ver la nueva versión de ese clásico imponderable que es El Gran Gatsby. A pesar, incluso, de las malas críticas (véase enlace al final de esta entrada). Tenía claro ya, antes siquiera de haber visto la película, que en nada -que no fuera el dudoso apartado de los (d)efectos especiales- iba a lograr superar la fantástica versión de Jack Clayton, con Robert Redford en el papel del oscuro y "prendado-hasta-la-muerte" Jay Gatsby; Mia Farrow, en plan la tan decepcionada como alocada e insustancial Daisy Buchanan, acosada por l'ennui de vivre, y ese secundario de lujo que es el delicado Sam Waterson haciendo de tercera pata de banco y alcahuete sentimental, en la piel de Nick Carraway (papel que, en mi opinión, constituye el trasunto del propio novelista, siempre a medio camino entre la cima reservada a los ricos y poderosos, y el helado abismo de los perdedores). Pero, a pesar de esa certeza, la sola idea de tener que vérmelas con una recreación del universo estético de la década de los 20 en todo su esplendor lograba mantener la llama del deseo en mi interior. Al cabo de más de dos horas de película, cabe decir que es casi lo único a rescatar. Y, en ciertos aspectos, incluso con reparos, pues el abuso de recursos infográficos empuja, a mi juicio, buena parte de esta versión al pozo tan en boga de las puestas en escena excesivas, con ribetes steampunk, a las que nos van acostumbrando las películas de súper héroes, o las últimas recreaciones de un personaje como Sherlock Holmes (en su caso, con mucho más sentido que en el de Gatsby). 






Manierista en su tratamiento (penosa la escena del accidente que le cuesta la vida a la querida de Tom Buchanan), escasamente estimulante, interpretada con desgana y amaneramiento por un Di Caprio en horas bajas, aquejado de sobrepeso, plagado de tics e histriónico ad nauseam (como refleja el recurso constante a la muletilla, ese irritante "old sport" con que se dirige a todo el mundo, pero muy particularmente al celestino de Nick), la última versión de El gran Gatsby da la impresión de ser, más que una película, un mero escaparate de tendencias de moda retro, al servicio de la industria del ramo. Lo cual no me parecería del todo mal, dada mi propia pasión por la época, si no fuera porque tampoco ofrece mucho más. Personalmente, hallo mayor satisfacción, por lo que a atrezzo y vestuario de época se refiere, en un solo capítulo de Downton Abbey, o de Boardwalk Empire, que en toda la cinta de Baz Luhrmann. Confiemos, sin embargo, que sirva para que algún que otro adolescente (a los que parece va dirigida esta versión) sienta en su alma el aguijón de la curiosidad, y corra a buscar un ejemplar de la novela de Scott Fitzgerald.  





Cabe decir que no son éstas las dos únicas versiones del clásico, ya que, hasta la fecha, son seis las llevadas a la pantalla. La primera, en fecha tan temprana como 1926, apenas un año después de publicada la novela. Es ésta una versión muda, dirigida por Herbert Brenon e interpretada por Warner Baxter, Lois Wilson William Powell, de la que apenas se conservan unos minutos, los correspondientes al trailer



Veintitrés años después, y una guerra mundial por medio, en 1949, se rueda una segunda versión, a cargo de Eliott Nuggent, protagonizada, entre otros, por Alan Ladd, Betty Field, Macdonald Carey y Shelley Winters. Pasó sin pena ni gloria y hoy en día resulta difícil encontrar copias de la misma.

 

La tercera versión es la ya mencionada de Jack Clayton, de la que Tennessee Williams llegó a decir que lograba superar la novela en la que se inspiraba. 

En el año 2000, El Gran Gatsby fue llevado de nuevo a la pantalla, pero esta vez a la pequeña. De la dirección se ocupó Robert Markowitz y los papeles protagonistas recayeron en Toby Stephens, Paul Rudd y Mira Sorvino.





La última de las versiones (G, titulada en España El precio de la ambición, Christopher Scott Cherot, 2002), hasta el fiasco de Luhrmann, no merece ni ser reseñada, en la medida en que, aun pretendiendo inspirarse en el clásico conflicto chico pobre -de gueto negro, para más inri-, enamorado de chica rica, sobre trasfondo hip hop, guarda una relación muy tangencial con la trama original.





En definitiva, varios han sido los intentos de plasmar el fascinante mundo al borde del abismo reflejado por Scott Fitzgerald en su novela, y la complejidad de su personaje principal, pero sólo uno, el de Jack Clayton, parece haber logrado el objetivo. Aunque, como en el caso de Jay Gatsby respecto de su gran e imposible amor, Daisy Buchanan, muchos estén dispuestos a seguir intentándolo, a toda costa, a pesar de todo.

*La crítica dijo:




 "I should like to bury something precious in every place where I've been happy and then, when I'm old and ugly and miserable, I could come back and dig it up and remember."

sábado, 7 de septiembre de 2013

CITAS, FESTIVALES, MERCADILLOS...




Siempre es grato hacerse eco de iniciativas destinadas a recrear, siguiendo el ejemplo de británicos y estadounidenses, el esplendor de esas primeras décadas del siglo XX. Todavía más si tienen lugar por estos pagos. No estaría mal que se fuera creando así cierta tradición de encuentros lúdico-festivos, coleccionismo y arte. Algo de lo que andamos sobradamente necesitados; sobre todo por lo que a arte y alegría de vivir se refiere. ¿Para cuándo, en Madrid, un festival de la Primavera, un Easter Parade como el que se organiza por las calles de Nueva York y que reúne a decenas de miles de personas, muchas de ellas ataviadas como figurines de la llamada Era del Jazz, al son de la trepidante música de bandas swing? 

Por lo pronto, conformémonos con aquellos tímidos esfuerzos desplegados por instituciones y particulares. Estos días (del 5 al 8 de septiembre), está teniendo lugar en Benicàssim la segunda edición de su festival Belle Époque. Una cita que incluye exhibiciones de vehículos de época, recreaciones diversas, mercadillos, actuaciones musicales, desfiles de moda, entre otras muchas actividades. 

Podéis encontrar la información completa aquí: http://www.benicassimbelleepoque.es/

Este año, hemos llegado tarde, pero quizás para el próximo sería buena idea, no sólo anunciarlo con tiempo, sino programar incluso una visita. 

 Easter Parade - New York



"I should like to bury something precious in every place where I've been happy and then, when I'm old and ugly and miserable, I could come back and dig it up and remember."

miércoles, 14 de agosto de 2013

MODA DE LOS AÑOS 30

 Una nueva muestra de mi predilección por la época y sus atuendos. 



"I should like to bury something precious in every place where I've been happy and then, when I'm old and ugly and miserable, I could come back and dig it up and remember."

viernes, 24 de mayo de 2013

UN BOLSILLO PARA UN PAÑUELO




El pañuelo de bolsillo es, sin duda, una de las muestras más sencillas y refrescantes del buen gusto, la distinción y la elegancia en el vestir de un caballero. Usar el espacio que le ha sido reservado, es decir el bolsillo de pechera, para lucir una colección de bolígrafos es lo propio de contables. No llevar nada denota desidia y falta de imaginación. Y es que, con ayuda de un modesto cuadrado de tela (seda por lo general, aunque también resultan válidos el algodón o el lino), se brinda la oportunidad de disipar la formalidad de un traje y de expresar la personalidad de quien lo lleva. En un país el que la imaginación suele brillar por su ausencia (o se asocia equivocadamente a la fantasía), el pañuelo de bolsillo ha desaparecido prácticamente del panorama. Incluso hay quien lo encuentra, en ciertos ambientes, pretencioso.
Pero no todo está perdido: poco a poco, y gracias al empeño de un pequeño número de osados, indiferentes al qué dirán,  los pañuelos de bolsillo reaparecen tímidamente en calles, oficinas y salones. Se podría hablar incluso, en este caso (como en el de Brideshead Revisited), de benéfica influencia por parte de la televisión y especialmente de ciertas series de época. Todo sea por el bien de la causa. Para aquellos que ya la hemos hecho nuestra, el maestro John Frankcomb nos enseña a doblar el pañuelo de bolsillo y a lucirlo como los impecables publicistas de Mad Men. El primer vídeo correspondería al estilo de Don Draper y Pete Campbell
 
 

Y éste otro, al que luce el a mi juicio más elegante de todos los personajes de la serie, Roger Sterling




Y, por último, un estilo algo más informal, menos severo:


Para aquellos que quieran profundizar en el tema y buscan asesoramiento, recomendamos esta página, de obligada lectura:  
http://www.extraconfidencial.com/articulos.asp?idarticulo=8803


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lunes, 18 de marzo de 2013

MY TAILOR






[Entrada rescatada de un viejo blog, hace tiempo abandonado]
 
Creo que no hablé de él en su momento Imagino que por no resultar esnob. Después de todo, no nos unía una gran amistad, ni una reverencial relación entre cliente y sastre. Nunca me hizo un traje a medida, por ejemplo. Pero llevaba catorce años acudiendo a su taller, que era también su casa. Catorce años confiándole mis chaquetas para que las arreglara, entallara, adaptara a mi esbelto y cuasi perfecto figurín (la industria no se interesa por los tipos de 172 cm, delgados, proporcionados y de hombros estrechos. y yo me niego a vestir con el uniforme de un jugador de fútbol americano achaparrado, bracicorto y culigordo). No siempre acertaba, claro; y yo, al principio, no me atrevía a discrepar de sus arreglos. Pagaba religiosamente y me llevaba la chaqueta a casa. Al armario, más bien, del que no volvía a salir hasta que, pasados unos meses, me decidía a regresar con la prenda a su taller. Y volvía a pagar, claro, porque respeto el trabajo ajeno y la idiotez propia tiene un precio. Estoy convencido de que él sabía que esa chaqueta ya había pasado por sus manos, pero no decía nada. Era muy astuto, mi buen sastre. Y estaba jubilado. Me costó mucho vencer la vergüenza y mi antigua inclinación al "qué le vamos a hacer", pero la rabia que me producía mi espíritu canelo me pesaba mucho más. Descubrí que indignarse no suele servir de nada y que la terquedad amable resulta, por el contrario, de lo más eficaz. Empecé a llevarle, de vuelta, la chaqueta que me acababa de arreglar, porque no había quedado exactamente cómo yo quería. Sé que, al principio, mi cambio de actitud hirió su vanidad de sastre y puso en evidencia su indolencia de profesional jubilado, pero, con el tiempo, aprendimos a tomarnos las medidas el uno al otro. Después de todo, yo era un buen cliente (siempre me preguntaba: "¿dónde consigue guardar tantos trajes?". Todavía no he dado con una respuesta; aunque, como aquellos que se desplazan por la vida con niños y animales, el espacio para mi ropa determina buena parte de mi elección a la hora de escoger morada) y mis visitas eran la ocasión pintada para hablar del tiempo (como vivíamos cerca, no me costaba demasiado esfuerzo visitar su taller en cualquier época del año); de sus años de mocedad (en cuatro trazos); de lo malas que eran las telas de hoy en día (todo lo contrario que los viejos trajes de lana pura que yo le llevaba para arreglar y que él palpaba con placer y aire de fin connaisseur); del problema de circulación que padecía en las piernas. Le daba pánico entrar en quirófano, pero mucho más el hecho de estar condenado a la silla de ruedas. A finales de 2005 -el día en que fui a recoger una guerrera militar antigua que me había hecho arreglar para alguna que otra fiesta de disfraces, o sesión con amante fetichista-, me anunció su decisión de operarse. Ya casi no podía salir de casa y, para él "eso, no era vida". Prometí telefonearle a su regreso del hospital, y dejé que transcurriera el tiempo sin  hacerlo. Pasé varias veces, entretanto, por delante de su puerta y, cada vez, a punto estuve de llamar. Pero cada vez seguí de largo, como dominado por un mal presagio. Hace varias semanas, con un nuevo traje antiguo y un abrigo de época pendientes de arreglo, marqué, por fin, su número.
-Buenos días, ¿está el señor A.?
-¿Quién lo llama? -preguntó la que me pareció ser su mujer.
-Un cliente (a esas alturas, estoy convencido de que ella ya me reconocía por la voz, pero el ritual se mantenía inalterable). Quería llevarle unas prendas a arreglar.
-El señor A. falleció (eso dijo: "falleció") el 5 de enero.

Me quedé de piedra. Entre sollozos, su viuda me contó que la operación había sido un éxito, pero el paciente no había sobrevivido a uno de esos virus mortales que campan, a sus anchas, por los quirófanos. Con razón tenía miedo de entrar en uno.

Ahora, busco sastre. aunque me da pereza empezar de nuevo. Como en las relaciones de pareja, le llevará un tiempo aprenderse mis manías ("entallado, con hombreras pequeñas, la manga dos dedos por encima del borde de la camisa..."); a mí, acostumbrarme a sus historias, a sus pequeñas vanidades. Hay veces en que todavía me sorprendo echando de menos al señor A. y sus espejos. De hecho, en ningún otro me he visto nunca tan bien como en aquéllos. Me prometió que me regalaría uno cuando dejara el negocio; no pudo ser. Y no se lo reprocho. D.E.P.

Han pasado prácticamente siete años desde esta entrada. Mi pasión por la ropa de época se ha agravado entretanto y más hebras grises destacan sobre el castaño de mi pelo. He conocido otro sastre y varias modistas y tiendas de arreglos. Sé, mejor que entonces, lo que me sienta bien y lo que no me sienta en absoluto. Me he mudado varias veces, he cerrado una relación sentimental. Y todavía, de vez en cuando, me vienen a la memoria el señor A., su taller y la bondad y justicia de sus espejos.
  
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miércoles, 6 de marzo de 2013

MÚSICA PARA REGRESAR A BRIDESHEAD II

Un acompañamiento musical ideal para el día de hoy, neblinoso y melancólico, propicio a la nostalgia.


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lunes, 4 de marzo de 2013

CUESTIÓN DE ESTILO


Años 30, tecnología punta aplicada a la belleza y al arte de la peluquería






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martes, 12 de febrero de 2013

BIOGRAFÍAS ELEGANTES I


ANNEMARIE SCHWARZENBACH




Vraiment je ne vis que lorsque j'écris

Largo tiempo he dudado antes de acometer esta sección de biografías elegantes. Son muchos los candidatos a formar parte del elenco, y varios los escogidos -de ahí las dudas- para encabezarlo, desde el elegante Cary Grant al exquisito Fred Astaire, pasando por el distinguido David Niven o el ambiguo duque de Windsor; entre las mujeres, la divina Louise Brooks o la diabólica Dietrich. Al final, el azar ha querido, por intermediación de un amigo, que cayera sobre un personaje peculiar, Annemarie Schwarzenbach y toda indecisión ha quedado resuelta. 

Escritora y viajera suiza, nacida en rich el 23 de mayo de 1908 y fallecida en Sils im Engadin, el 15 de noviembre de 1942, de resultas de una tonta caída de bicicleta (tanto más tonta cuanto que la víctima había recorrido miles de kilómetros a través de territorios francamente hostiles sin sufrir percance alguno). Acerca de su intensa vida, de escritora y viajera impenitente, marcada por un apresurado diagnóstico de esquizofrenia, su androginia, sus más o menos enmascaradas tendencias homosexuales, su adicción a la morfina y al opio y varios intentos de suicidio, así como por la inquebrantable amistad de auténticos outsiders, como Klaus y Erika Mann (cuyo tío, el célebre novelista Thomas Mann, bautizaría a Anne-Marie con el sobrenombre de "el ángel devastado"), o su compatriota Ella K. Maillart (con la que compartiría viaje por Afganistán), poco o nada se puede añadir que no se halle en aquellas páginas de internet dedicadas a la obra y al personaje


Desde la perspectiva de este blog, quizás lo más relevante sea el profundo sentido de la elegancia que despliega Annemarie ante la cámara de su amiga Marianne Breslauer, con la que viajó por España. No fue la única mujer que gustó de vestir prendas de corte y diseño abiertamente masculino (Marlene Dietrich había sido de las primeras en mostrar el camino; o las expatriadas estadounidenses en el París de los años 20, como Djuna Barnes), pero ella cultivó ese estilo, que le sentaba como un guante, a lo largo de casi toda su vida y de sus viajes (ya fuera en la cosmopolita Nueva York, donde sedujo a Carson McCullers, en la inhóspita Rusia de la época o en pleno Congo belga). Motivo por el que sin duda merece un lugar de honor en esta sección y en esta página. 

Lamentablemente, ya nadie (o casi nadie) muestra la menor elegancia a la hora de vestirse para viajar. En plena era del confort viajero (a años luz de los rudimentarios vehículos y otros sistemas de transporte con los que pudo contar la Schwarzenbach), priman la comodidad, el prêt-à-porter industrial y deportivo y la absoluta falta de gusto. Ello, amén de la masificación y la desaparición de los imperios coloniales, cuya eficaz tutela garantizaba la seguridad de los viajeros (me gustaría ver ahora a un par de mujeres internarse solas por un país como Afganistán), han hecho del viaje una experiencia harto desagradable y prescindible. 



A modo de colofón, dejo la descripción que dejó de ella su amiga Marianne Breslauer: 

She had the same effect on me as she had on everybody: this strange mixture of man and woman. To me, she corresponded to my image of the angel Gabriel in paradise; an angel, an archangel. Not at all like a living being, but like a work of art.


"Not at all like a living being, but like a work of art". Oscar Wilde hubiera estado, sin duda, orgulloso de ella. 

Y a modo de broche, un documental sobre su breve, pero bien aprovechada vida.




Y este sentido homenaje: 


 
(Se sugiere echar un vistazo a la sección On Screen, en la que he colgado un fragmento de la biopic dedicada a Annemarie Schwarzenbach: Journey to Kafiristan).  

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miércoles, 19 de diciembre de 2012

VINTAGE, RETRO, ANTIQUE



Visto que el vintage está de moda, todo el mundo parece tener una idea más o menos clara de a qué hace alusión el término; con el inevitable matiz de lo que a unos les parece un elemento encantador del pasado, para otros es una antigualla o incluso un trasto viejo, rescatado de la basura o, en el mejor de los casos, del Rastro, y cuya supervivencia constituye casi un insulto para el progreso. La confusión irrumpe, sin embargo, en el escenario cuando nos topamos con otros términos como retro o antique. ¿Acaso no bastaba con el dichoso vintage? Como en todo, el conocimiento aporta y exige el matiz. Visto desde fuera, un lego no establecerá apenas diferencias entre un objeto de principios del siglo XIX y otro de los años 40 del siglo pasado a la hora de catalogarlos a ambos. Pero, para el connaisseur, la différence s'impose. Y ello exige una terminología más adecuada, una denominación que establezca límites, indicando lo que está dentro y lo que queda fuera (con la consiguiente repercusión en el negocio, cuando lo hay). Surge entonces la distinción entre vintage, retro y antique. Una distinción acerca de la cual ni los propios expertos consiguen ponerse de acuerdo, aunque una convención más o menos aceptada determine que antique hace referencia a cualquier objeto con más de 100 años de antigüedad; vintage, a aquéllos con menos de 100 años, pero más de 20 (por lo que la etiqueta engloba los producidos hasta los años 80). Por último, retro identifica todo cuanto tenga que ver con el pasado, aunque limitado a las copias realizadas en la actualidad, no a los productos originales (que serán calificados de vintage o antique en función de su antigüedad). Esta taxonomía sigue suscitando controversia, ya que, para muchos -entre los que me cuento-, vintage debería designar únicamente el periodo comprendido entre 1914 (verdadero inicio del siglo XX) y finales de los años 40; periodo que constituye la Era Dorada del vestir, la elegancia y el diseño (en otras palabras, el punto álgido de la cultura moderna occidental).
Las fronteras móviles que plantea la clasificación más o menos oficial, basadas en el número de años transcurridos hacia atrás desde el presente, tienen el inconveniente de ser excesivamente laxas; así, a medida que pase el tiempo, una prenda fabricada en 1930 dejará de ser vintage para devenir en antique. Lo cual redunda en detrimento del carácter particular y único de esas casi tres décadas de esplendor que he mencionado (y cuyos límites no tienen nada de arbitrario). Cuando expongo este punto de vista, siempre hay quien pregunta en qué categoría encajan entonces los 50, los 60 and so on. Al margen de que no existen décadas puras, en lo que a estilo y diseño se refiere, prefiero hablar de moda de los 50, moda de los 60, los 70 o los 80, pues cada una ofrece sus particularidades (sin merecer, empero, colocarse al abrigo de la etiqueta vintage). A partir de esta última, desde los 90, hemos caído en un eclecticismo indefinido, un todo vale que parece ser la marca del siglo XXI (por lo menos, de la década escasa que ya hemos vivido).




De modo que toda esta larga disquisición no sólo busca aclarar en qué consiste cada uno de los términos, sino que debería dejar claro a mis lectores que cuando hable de vintage, sólo me referiré a todo cuanto tenga que ver con ese momento espléndido que se inicia con el estallido de la Iera Guerra Mundial y se cierra con la relativa austeridad de la década de los 40. Con la salvedad quizás de aquellos objetos producidos posteriormente, pero que remedan con gusto el estilo de la Golden Era. Por lo menos hasta finales de los 70, cuando la calidad dejó de ser una prioridad insoslayable. Mi criterio se funda en una unidad de motivos estéticos (estilo, elegancia, funcionalidad), apoyados en aspectos políticos (procesos de liberación de la mujer -gracias en gran medida a ambas guerras-, caída de los imperios, crisis de la democracia), de producción (momento álgido de la industrialización, la expansión comercial y la publicidad) y de medios de difusión (revistas y, muy particularmente, el cine).

Y si las dudas persisten, no tenéis más que escribirme.


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MÚSICA PARA REGRESAR A BRIDESHEAD I


Aunque, por lo general, en esta página la música tendrá que ver con la serie y con la época, hay composiciones, como el Jerusalem Hymn, que podéis escuchar pulsando en el enlace en la parte derecha de la portada, o el Spem in Aliun de Thomas Tallis que forman parte de la banda sonora intemporal de aquéllas. 




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jueves, 13 de diciembre de 2012

TRAVELLING AROUND THE WORLD II (circa 1930)


Y del Londres anterior a la crisis del 29, nos vamos de garbeo a otra de las ciudades emblemáticas del periodo de entreguerras: Berlín a finales de los años 20. Una época febril en que la capital de Alemania ofrecía el "penchant" expresionista y extremo del vanguardismo parisién, con sus cabarets canallas, sus artistas tormentosos y atormentados empeñados en una coyunda salvaje entre Eros y Thanatos y su forcejeo, entre nubes de opio y cocaína y en medio del frenesí y la ambigüedad sexuales, con los límites de la moral y la salud pública, en un contexto de decadencia y crisis que acabaría arrojando al país entero en los brazos del loco Adolf, con el resultado que ya sabemos. 
Pero en 1929, los negros nubarrones apenas si habían empezado a vislumbrarse... 





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TRAVELLING AROUND THE WORLD I (circa 1930)


Es hora de salir de viaje en la máquina del tiempo. Destino: Londres (como no podía ser menos) en 1927:








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LOS LÍMITES DEL ART DECO I

La guerra (hablamos de la IIGM) tuvo la no sé si llamarla virtud de poner fin a las diferencias dialécticas entre la cultura elitista y la cultura popular, unidas hasta entonces por una constante tensión basada en la mutua atracción y el mutuo rechazo, para dar lugar a una progresivamente uniformizada cultura de masas que ha terminado sumiéndolo todo en mal gusto generalizado y al alcance, eso sí, de todos los bolsillos. Pero, antes de que estallara el conflicto, una extravagancia acorde con los tiempos (bajo la triple influencia del Futurismo, del gusto por la experimentación y de la atracción por el exceso de nuevos ricos y gángsters) había empezado a hacer furor y contrastaba con la pureza de líneas del Art Déco, distorsionando sus rectilíneos y geométricos principios y dinamitando su característica contención. 
Valgan como ejemplo estos modelos de coches, la mayoría de los cuales no pasaron del estadio de prototipo, o de los que apenas si se produjeron un puñado de unidades.
 

 

















 Aunque volveremos, más adelante, al tema del diseño de coches de época (muy superiores, en estilo y elegancia, cuando no en mecánica y potencia, a nada que se haya hecho desde entonces), y en particular a esta clase de "rarezas", aquí dejo un enlace relacionado con el asunto:

http://www.eamusing.com/2011/03/04/amusing-creative-cars/?utm_source=wahoha.com&utm_medium=referral&utm_campaign=wahoha
 
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miércoles, 21 de noviembre de 2012

RETORNO A BRIDESHEAD




Creo que a estas alturas está claro que me apasiona todo lo relacionado con las primeras décadas del siglo XX (mi otra gran pasión es el siglo XVIII). Tanto, de hecho, que tengo la sospecha de haber nacido a destiempo. La idea de abrir este blog está directamente relacionada con la necesidad de crear un espacio en el que expresar mi homenaje y mi admiración por esa época. Pero, sobre todo, con la serie Brideshead Revisited (y el libro, que leí después), catalizador original de este deseo por conocer y recrear el pasado. He perdido la cuenta de las veces que habré visto la serie, un capítulo tras otro o salteados; la infinidad de ocasiones en que pulsé la tecla de pausa para recrearme en un detalle o que vi una escena en bucle hasta casi quemar la cinta y el aparato reproductor . En mi opinión, sigue siendo la mejor serie de televisión que se haya rodado jamás. La encuentro perfecta, una de las pocas cosas que llevaría conmigo a una isla desierta, a pesar de los años transcurridos y de la aparición de nuevos productos de tanta calidad como Boardwalk Empire (Downton Abbey o Mad Men, aun siendo muy buenas y gozosas no alcanzan el nivel de las otras dos). Sus personajes y la historia en sí forman parte de mi educación, general y sentimental, de mi sensibilidad y de mi sentido del gusto (y la nostalgia), en un momento en que la elegancia en el vestir y en el trato empezaban a perder todo valor, a quedar arrinconados en el baúl de los recuerdos. De no haber padecido su influjo indeleble durante mi adolescencia, es muy probable que mi obsesión se habría desarrollado por otros derroteros (aspecto éste que tengo intención de desarrollar en otra entrada). Por todo ello, le estoy infinitamente agradecido a Evelyn Waugh, pero también a sus personajes, y a los actores que los encarnaron ante las cámaras y a los directores y productores que asumieron el reto de convertir un libro magnífico y profundo en una maravillosa e indispensable serie. El resultado de sus esfuerzos me ha ayudado, en numerosas ocasiones en que me he sentido abatido, vencido, a levantar la cabeza y creer que había cosas que seguían mereciendo la pena. Y es que, mientras el mundo arde, resulta esencial que intentemos mantener a resguardo la frágil llama de la belleza. 
 
   
 
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ROPA DEL AYER RECIÉN HORNEADA


Una página curiosa dedicada a la confección y venta de reproducciones actuales de ropa y accesorios de los años 30 y 40. Para gente sin complejos y con amor hacia esa época y sus productos.
 http://puttin-on-the-ritz.net/
 


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lunes, 19 de noviembre de 2012

CLUB SOCIAL PARA DANDIS NOSTÁLGICOS




Nadie duda de que los amantes del vintage puro, sin adulterar, ajeno a los guiños de la moda actual, somos gente rara. Cuatro gatos, desperdigados por el mundo (ah, cómo envidio a mis pares anglosajones, por su desenfadada costumbre de no ceder al chantaje del qué dirán; su firme compromiso con algo que, para muchos, no pasa de ser un mero hobby y, sobre todo, por su capacidad para reconocerse y organizarse). Resulta esencial localizarse, establecer lazos y vincularse los unos a los otros de algún modo. De ahí la importancia de poder contar con un buen club social, aunque sea en algún vericueto perdido de la red de redes. Este de aquí, el New Sheridan Club (http://newsheridanclub.co.uk/) rescata el espíritu de los viejos clubs, con una mezcla de nostalgia y humor. Los precios de inscripción, que varían a la baja según sea que vivas en Londres, en el Reino Unido u overseas (como es mi caso) resultan ridículos de puro asequibles. Aquí, en Club Brideshead, tenemos intención de hacer algo parecido. Pero necesitamos tiempo y también la certeza de que hay gente por ahí dispuesta a participar y a engrosar sus filas. Entretanto, el New Sheridan Club es una fantástica opción (en mi caso, tengo incluso pensado enviar el formulario rellenado a mano y enviarlo por correo postal), para mantener vivo el espíritu, desarrollar cierto sentido de pertenencia y comprobar que no estamos solos en nuestra locura


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miércoles, 14 de noviembre de 2012

ESCAPARATES DE AYER... HOY


 


 
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No se trata de caer en el tópico de que toda época pasada fue mejor -entre otras cosas, porque por mucho que insistan los apocalípticos, no es verdad-, pero sí en reinvidicar diseños y formas desechados que, a mi juicio, resultaban cuando menos mucho más estéticos que los actuales. Cierto que el diseño de hoy no me interesa lo más mínimo; como también lo es que hay inventiva y diversión en recrear el pasado. Vean sino:
 
 





"I should like to bury something precious in every place where I've been happy and then, when I'm old and ugly and miserable, I could come back and dig it up and remember."

martes, 13 de noviembre de 2012


 
 
 
Los años 30 son, sin ningún lugar a dudas, uno de los periodos más fecundos, desde el punto de vista de la innovación y la creatividad. Sin duda tuvo que ver con ello el que el mundo se estuviera recuperando de una guerra devastadora seguida de una crisis económica no menos terrible. Algunos de los efectos de la conflagración bélica que había asolado Europa fueron el salto definitivo de la mujer a la esfera pública, especialmente bajo la forma de trabajo fuera de casa, y la industrialización a ultranza. Un modo de vida urbano y cosmopolita se impuso definitivamente al universo agrario tradicional. El diseño aportó claridad, esbeltez y líneas rectas, así como una mayor austeridad, unida a un concepto más refinado del lujo. Se estilizan los cuerpos y con ellos la ropa, procurando una imagen de mayor control y cuidado de sí. El auge del deporte atestigua este cambio profundo que se manifiesta fundamentalmente en la superficie de las cosas, siguiendo la enigmática y hermosa frase del poeta Paul Valéry: Ce qu'il y a de plus profond en l'homme, c'est la peau. Un mundo espléndido y vital cuyo reverso oscuro lo constituyen la irrupción de las masas en el espacio sociopolítico y socioeconómico, la obsesión maquinista  y el auge de las ideologías extremas, comunista y fascista (ambas se servirán ampliamente, para su expansión, de los nuevos medios, así como de las técnicas de diseño aplicadas a la publicidad y a la propaganda).
 
 


 
la foto procede de aquí
 
 
Aunque es imposible disociar la luz de la oscuridad, nosotros nos quedamos con el estilo, la claridad meridiana y la elegancia. Son otros tiempos, pero hay cosas que se pueden seguir aprendiendo de aquéllos.
 
 

"I should like to bury something precious in every place where I've been happy and then, when I'm old and ugly and miserable, I could come back and dig it up and remember."